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La capacidad para hacer que las cosas no existan.Manuel Blanco Chivite

27 de septiembre de 2014

La capacidad para hacer que las cosas no existan por : Manuel Blanco Chivite
Publicado en : La Comuna Presxs del Franquismo

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INTRODUCCIÓN

¿Realmente fueron acciones armadas? ¿Realmente aquéllos jóvenes que acabaron sus días frente a los últimos pelotones de fusilamiento del general Franco, con el voto unánime de todos los componentes de su gobierno, realmente empuñaron y dispararon alguna suerte de arma de fuego?

De hecho, sometidos a sumarísimos consejos de guerra, sus abogados, ante la afirmación de los fiscales militares de que habían empuñado tal pistola, tal revólver o tal escopeta, solicitaron, con el mayor de los respetos, que dicho armamento, importantísima prueba de cargo como cualquiera puede colegir, se presentase ante el correspondiente consejo de guerra y, además, no menos importantes, se presentasen, igualmente, las pruebas periciales referentes a temas como huellas dactilares, balística, y otras prácticas probatorias elementales. Además, la policía afirmaba que, en efecto, se habían capturado las armas de las se hablaba en el apuntamiento preparado por la instrucción.

Y, ¡oh, sorpresa!, no había pistola, ni revólver, ni escopeta, ni proyectiles, ni pruebas balísticas, ni huellas dactilares y, por no haber, tampoco había testigos, pese a que la propia policía, una vez más, había dicho que sí, que los había, pero no, no los hubo. En realidad, no hubo nada. Ninguna prueba. Nada. Las armas no existían más que en los papeles y en las palabras de los fiscales. No estaban en ningún sitio. Nadie vio ni oyó a los supuestos testigos que jamás se supo nada de ellos. Toro eran palabras y supuestas declaraciones, más palabras, conseguidas a palos y bajo tortura. Nada mas.

Sin embargo, sí hubo condenas a muerte. Hubo “enterado” por parte del gobierno en pleno. Y hubo, una vez mas, una mañana de sangre. Fue el 27 de septiembre de 1.975. Los últimos asesinados de aquel gran asesino de su propio pueblo, el general Franco. No tuvo tiempo de más; murió cincuenta y cuatro días después.

¿Inverosímil? ¿Me lo estoy inventando? ¿De verdad sucedió algo así? Ciertamente, no es fácil, transcurridos los años, hacerse una idea de aquella España dictatorial e ilegítima en la que los tribunales especiales, militares y de Orden Público, hacían y deshacían en función de los intereses políticos del régimen del que formaban parte. Todo ello, en perfecta sintonía represiva con los poderosos servicios de seguridad, desde la Brigada Político Social (BPS), pasando por la Guardia Civil (cuerpo de carácter militar, pese a su curioso nombre) hasta los numerosos servicios de información militares o de presidencia del Gobierno, amén de las diferentes y cambiantes estructuras de las bandas terroristas de Estado. Todo un entramado con licencia para matar al servicio de los intereses económicos, políticos y sociales de un régimen no por agonizante menos sangriento. Y más que agonizante, en vías, por entonces, de articular su transformación par la mejor defensa y continuidad de los citados intereses.

Se ha dicho que el tardo-franquismo fue aperturista y, ciertamente, algo de eso hubo. Los contactos de diversas personalidades del régimen con sectores de la llamada oposición (PCE, PSOE, nacionalismos varios) y cierta manga ancha bien calculada según para quién, auguraban los pactos de gran calado a que el franquismo ya evolucionado llevó a la citada oposición al objeto de fundamentar la transición democrática basada en la Monarquía pergeñada por el dictador.

Pero esto fue tan solo una de las caras de la moneda. Durante los años 70-75 la represión (y vamos a atenernos exclusivamente a la represión sangrienta) vivió un nuevo auge. Un siniestro goteo de muertes y agresiones sembró el escenario de las luchas antifascistas.

UN ESCENARIO SANGRIENTO

En los años de referencia, y sin contar los cinco fusilamientos de septiembre del 75, la represión política asesinó a unas cincuenta (50) personas.

IMPUNIDAD BLINDADA PARA LOS ASESINOS

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Enlace completo : Siniestro goteo de muertes y agresiones sembró el escenario de las luchas antifascistas.
FRAP: ACCIONES ARMADAS Y FUSILAMIENTOS EN 1.975

Todo lo anterior explica, entre otras consideraciones de mayor o menor alcance político, que una organización como el FRAP acosada por detenciones, torturas heridos de bala, algunos muertos y largas condenas de cárcel, decidiese, pese a su estremecedora escasez de medios adecuados, decidiese responder violentamente a tanto desmán.

Así fue que, mal que bien, se articularon varios grupos que, en algún momento, se denominaron de “defensa y combate”, aunque nunca llegaron a estabilizarse con estructuras propias, ni a recibir nombre específico.

Tales grupos aparecieron en Madrid, Valencia y Barcelona; en las tres ciudades llevaron a cabo la mayor parte de las acciones violentas atribuidas al FRAP: desde atentados personales contra policías hasta ataques a alguna comisaría o cuartel.

Los objetivos específicos importaban poco. Para el FRAP, como para muchas personas y como la realidad cotidiana nos mostraba, un miembro de las fuerzas de Seguridad del Estado era o podía ser en cualquier momento, ante una manifestación, ante una huelga, ante un simple reparto de octavillas o una pintada, un asesino. Así se pensaba, creo que con toda la corrección que nos brindaba la experiencia cotidiana, y así se llegó a actuar.

El carácter incipiente de estos grupos, su inexperiencia, su carencia de medios y armamento y su inclusión orgánica confusa, pues las células de actividad puramente política o sindical y tales grupos aparecían todavía entremezclados de alguna manera, facilitaron las detenciones de buen número de activistas, además, como puede suponerse, de los resultados conseguidos mediante torturas y palizas.

Las ejecuciones de un policía armado y de un teniente de la Guardia Civil en Madrid, provocaron, en varias oleadas, la detención de medio centenar de personas. Todas ellas fueron acusadas de pertenecer, en un grado u otro, al FRAP e, incluso, de haber participado en las muertes mencionadas.

La ofensiva contra el FRAP se extendió a toda España y se simultaneó con otra dirigida contra el independentismo vasco de ETA

Las detenciones fueron numerosas y las muertes producidas por la policía se sucedieron implacablemente.

Tras la ejecución mediante atentado de un miembro de la policía armada en Madrid, el 14 de julio, fueron detenidos en la misma ciudad doce personas acusadas de pertenecer al FRAP, entre las cuales se encontraba quien suscribe.

Fuimos seleccionados cinco de los que consideraron más significativos y acusados, en uno u otro grado, de la ejecución del policía franquista. Algunos de los detenidos nada tenían que ver con el FRAP. Los acusados fuimos: Vladimiro Fernández Tovar, Humberto Baena Alonso, que apenas llevaba dos meses en Madrid, Fernando Sierra Marco, Pablo Mayoral Rueda y Manuel Blanco Chivite.

Todo fuimos interrogados por los miembros de la Brigada Central de la BPS, encabezada por el comisario Roberto Conesa.

Creo que este patético y siniestro personaje merece algunas apreciaciones. Lo recuerdo bien. Su historial como policía y torturador al servicio de Franco ( y posteriormente de la Monarquía) esta en la memoria de muchos.

Era un hombre que se exaltaba de manera muy peculiar en las palizas a los detenidos. La saña de su actuación y la evidente excitación que le producía me llamaron la atención. Los gestos de ira le demudaban la cara, le despeinaban la escasa cabellera. Aparecía en su frente una sudoración que constantemente me hacía pensar en una sexualidad sádica satisfecha entre las cuatro paredes en que se desarrollaban las torturas. Sus gafas ahumadas apenas ocultaban el brillo de su mirada acuosa. Le palpitaban las aletas de la nariz, los labios le temblaban ligeramente, la boca se le ensanchaba en un rictus de rabia desatada. Lo que en otro policía, también tristemente famoso, Melitón Manzanas, era psicopatía, en Conesa era sadismo y, quizás, homosexualidad reprimida. Creo que era un policía capaz de cualquier crimen al servicio del Estado y, al mismo tiempo, un ser profundamente patético: un pobre hombre.

Los detenidos permanecimos en la Dirección General de Seguridad ocho días. En la cárcel de Carabanchel, fuimos incomunicados en la galería especial de celdas bajas, de nombre oficial: Celdas de Prevención Bajas, el CPB, tal como se conocían en la cárcel. Aislados en celdas individuales, incomunicados, sin derecho a patio, ni a visitas, ni a visita del abogado. En tales condiciones, y durante varias noches consecutivas, fuimos interrogados por varios miembros de los Servicios de Información de la Guardia Civil, al mando de un coronel, en las mismas dependencias de la cárcel.

El coronel era alto, gordo, bigote entrecano, bien afeitado, con cierto aire de señorito otoñal y bien alimentado. El y sus acólitos llegaban a la galería de servicios hacia las doce o la una de la madrugada, se instalaban en una de las oficinas y hasta allí nos conducían a los detenidos de uno en uno, sin permitir que nos viésemos entre nosotros. Los interrogatorios se prolongaban hasta casi el amanecer. Buscaban a los autores de un atentado realizado en los alrededores del canódromo madrileño y en el que había sido ejecutado un guardia civil. Su despiste era mayúsculo, ya que ni siquiera había sido el FRAP el autor de la acción.

Recuerdo que el coronel estaba acompañado de un joven teniente de aspecto deportivo, pelo castaño claro, ancho de hombros y con ganas de castigar. En una de esas noches, en un momento dado, se inclinó sobre la oreja de su superior y le preguntó a media voz: “¿Podemos tortu…?” Tortu…, tal cual. El coronel negó con la cabeza y dijo: “Tienen que llegar presentables a los consejos de guerra”. Lo que habíamos recibido en la DGS, al parecer, no era suficiente para su “investigaciones”, pero nuevas sesiones podían marcarnos de nuevo y no dar tiempo, dada la celeridad con la que se estaba desarrollando la instrucción, a que desapareciesen las nuevas posibles marcas en nuestros cuerpos.

Sin embargo, hubo amenazas; no contra nosotros, sino contra nuestras familias. Aun recuerdo la frase exacta de aquel valiente coronel: “Tu, aquí, en la cárcel, estas seguro, ¿comprendes?, tu aquí estas seguro; otros, fuera, no.

¿Comprendes?”. Un hombre sutil.

Después, los acontecimientos se precipitaron.

Tras aquellos alucinantes interrogatorios, pudimos comunicar con nuestros abogados, aun cuando continuamos en la galería de CPB, de la que no saldríamos hasta pocos días antes del consejo de guerra.

El juez instructor se llamaba Mariano Martín Benavides, era coronel del ejército y nos tomó declaración también en el interior de la cárcel. Recuerdo que cuando le hablé de las torturas y palizas, se limitó a mirar distraídamente por la ventana: lucía un sol espléndido, desde luego. El mismo delincuente uniformado denegó la petición de nuestros abogados pidiendo que se practicasen 134 pruebas de diferente tipo, desde las balísticas, huellas dactilares, comprobación de coartadas… hasta interrogatorio de testigos. A Martín Benavides le bastó veinte minutos para rechazarlas todas. No había nada que comprobar. Sin embargo, la petición fiscal para los cinco encausados en este primer consejo de guerra era de tres penas de muerte, para Humberto Baena, Vladimiro Fernández y Manuel Blanco, y dos de treinta años de prisión, para Pablo Mayoral Y Fernando Sierra Marco.

En la calle, las muertes se sucedían.

El 30 de julio, la policía política (BPS) mata a tiros en Madrid a Jesús Munguía Ayestarán. Diego Navarro Rico, obrero de la construcción en Tarragona, de cuarenta años fue herido de bala en una manifestación y detenido. El 9 de agosto apareció ahorcado en la cárcel de dicha ciudad. El 12 de agosto, en Ferrol cae por los disparos del mismo cuerpo José Ramón Reboiras Noya , de veinticinco años, militante de la Unión do Pobo Galego (UPG). Jesús García Ripalda , de veintitrés años , fue asesinado a tiros por la policía cuando participaba, en San Sebastián, en una manifestación, el 31 de agosto.

El 16 de agosto, otro grupo del FRAP ejecutaría a un teniente de la Guardia Civil en Madrid. De las consiguientes detenciones, la represión se centró en Ramón García Sanz, José Luis Sánchez Bravo, María Jesús Dasca, Concepción Tristán (torturada personalmente por Roberto Conesa) y Manuel Cañaveras y José Fonfría.

El 27 de agosto entra en vigor un nuevo decreto-ley “anti-terrorista” elaborado por Eleuterio González Zapatero, fiscal del Supremo, a petición del Gobierno Arias. El decreto fue aplicado, de manera retroactiva, al segundo grupo de acusados del FRAP, que fueron sometidos a un consejo de guerra sumarísimo.

La implicación del ejército fue total, completa.

Los dos consejos de guerra contra el FRAP se celebraron, significativamente, en el acuartelamiento de la División Acorazada Brunete (DAC), espina dorsal del ejército español, en El Goloso, a pocos kilómetros de Madrid. Pese a las excepciones honrosas de los miembros de la UMD, el ejército español seguía teniendo el mismo carácter político y delincuencial que le imprimieron sus jefes y mandos el 18 de julio del 36. Tan es así que la DAC, por entonces, estaba bajo las órdenes del mas tarde tristemente célebre criminal golpista Milán del Bosch.

El primer consejo de guerra de El Goloso tuvo lugar los días 11 y 12 de septiembre. De los cinco encausados, Humberto Baena, Vladimiro Fernández y quien esto escribe fuimos condenados a muerte sin pruebas, sin testigos, sin que pudiesen siquiera presentarse ante el Consejo de Guerra ni armas, ni municiones, ni informes de huellas dactilares,…

Los delincuentes uniformados que dictaron tan arbitrarias y brutales condenas, componentes del Consejo de Guerra, fueron: Francisco Carbonell Cadenas de Llano, coronel de infantería y presidente del consejo; Jesús Cejas Mohedano, capitán auditor y vocal ponente; los capitanes José Rey Mora, Angel Urquijo Quiroga y Juan García Saro, ponentes y el teniente coronel Ramón González Arnao,.gordo, con su buena papada, fiscal que no consiguió dar una sola muestra de inteligencia a lo largo de todo el consejo.

En la sala estuvo presente Christian Grobet, abogado de Ginebra y Zurich, observador de la Liga Internacional de los Derechos del Hombre. Su informe respecto a lo que vio no se ha publicado en España. Algunas frases nos pueden dar una idea de como se desarrollaron las cosas:

“El que suscribe no puede por menos que comprobar una vez mas que los derechos elementales de la defensa, es decir, el derecho que tiene el acusado a ser juzgado con equidad … ha sido menospreciado en España de la manera más grosera.

El proceso de los cinco militantes del FRAP ha constituido un simulacro…

Es evidente que el régimen franquista no podía dejar impune el asesinato de un policía, sobre todo en el clima actual de represión que ha alcanzado su paroxismo con la promulgación de la ley antiterrorista, cuya finalidad es amordazar cualquier forma de oposición.

Era preciso encontrar culpables para infringirles el castigo ejemplar exigido por ciertos sectores del régimen…¿Pero son realmente culpables los miembros del FRAP que estan siendo juzgados? ¿No pagarán estos por  otros?…

El que suscribe nunca ha tenido, desde que asiste a procesos políticos en España, un sentimiento tan acusado de asistir a tal simulacro de proceso, en definitiva una farsa siniestra, sobre todo si pensamos en la suerte que reserva a los acusados”.

El segundo Consejo de Guerra de El Goloso, sumarísimo, celebrado el 17de septiembre, se desarrolló en condiciones aun peores, con la expulsión de los abogados de la sala e, igualmente, sin admitirse la práctica de ninguna prueba.

La cuadrilla que formó el Consejo fue la siguiente: Presidente: Ricardo Oñate de Pedro, coronel de caballería; vocal ponente, Carlos Rodríguez Devesa, comandante auditor; vocales: capitán de caballería José García Guerrero, capitán de artillería Pedro Sánchez Castro y capitán de ingenieros José Miguel de la Cale; suplentes, capitanes Julio Nieto González y Fernando Redondo Díaz; Fiscal: coronel Agustín Puebla Fernández.

Los condenados a muerte esta vez fueron: Ramón García Sanz, José Luis Sánchez Bravo, Manuel Cañaveras. María Jesús Dasca y Concepción Tristán, que se encontraba embarazada.

Celebrados al mismo tiempo en Burgos y Barcelona los consejos de guerra contra los militantes de ETA Angel Otaegui, José Antonio Garmendia y Juan Paredes Manot, “Txiki”, dieron por resultado tres nuevas condenas a muerte. En total, once.

Tras los consejos, el capitán general de la I Región Militar (Madrid) Ángel Campano López; el capitán general de Burgos general Mateo Prada Canillas y el capitán general de Cataluña Salvador Bañuls Navarro confirmaron las once penas de muerte.

Posteriormente, el 26 de septiembre, el gobierno de Arias Navarro en pleno, dio el enterado a cinco de las condenas, las correspondientes a Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Angel Otaegui y Juan Paredes Manot.

El 27, diferentes piquetes formados por miembros voluntarios de la Guardia Civil y de la Policía Armada, daban cumplimiento mediante fusilamiento a las sentencias.

RECUERDOS, RECUERDOS…

No son pocos los recuerdos y las pequeñas anécdotas que conservo de aquellos dramáticos días.

Tras los consejos de guerra, los condenados a muerte fuimos encerrados de nuevo en la galería de Celdas Bajas hasta el desenlace final.

Pudimos escribir algunas cartas, que eran cuidadosamente censuradas y en algunos casos no llegaron a su destino. Tal ocurrió con una de Humberto Baena. Comentaba en ella que en la galería había un gato y una mujer rubia (se trataba de un travestí que llevaron en una ocasión para barrer los pasillos). Supongo, escribió, que a la mujer la llevarán pronto a una cárcel de mujeres y al gato a una cárcel para gatos. Fue suficiente, como me comentaría más tarde un funcionario que leyó la carta, para que el escrito no llegase nunca a su familia y destruido por orden del director de la cárcel.

Durante esos días de espera, nos permitían pasear por un pequeño patio durante diez o quince minutos. Las ventanas enrejadas de la Sexta Galería, donde estaba una buena parte de los otros presos políticos daban a tal patio. Un día, a modo de entrañable gesto de apoyo y ánimo, oímos cómo los compañeros, al unísono comenzaron a silbar la Internacional. Fueron unos momentos de tensión y alarma entre los funcionarios que corrieron a la galería para reprimir el gesto: o se callaban o no nos volvería a permitir los diez minutos diarios de patio. Poco a poco, se hizo el silencio, pero lo que había sucedido ya había sucedido. Suficiente.

Pues bien, así fue, así sucedió. Fue una lucha dramáticamente desigual entre un régimen dictatorial y asesino y un puñado de hombres y mujeres que se la jugaron para que las cosas cambiasen. Y cambiaron. Quizás no demasiado, pero indudablemente cambiaron. Lo que, dadas las circunstancias en que se llevó a cabo la llamada transición, no pudo conseguirse es llevar ante unos tribunales democráticos a aquella cuadrilla de facinerosos uniformados que sentenciaron arbitrariamente y asesinaron con toda impunidad. Lástima, pero aquí estamos para recordarlo y dar sus nombres.

 MUCHOS AÑOS DESPUES

Hace tiempo que ya no existe la cárcel de Carabanchel. Ahora, es un especie de museo y cualquier ciudadano, sin hacer ningún mérito, puede visitarla acompañado de un amable guía encargado de exorcizar los fantasmas más horrorosos de tan cercano pasado.

Cárcel de Carabanchel

Fotos : Cárcel de Carabanchel

Hace unos años, una amiga mía visitó el tenebroso recinto y preguntó al amable guía por la ubicación de las llamadas celdas bajas. El amable guía le dijo que tales ergástulas jamás habían existido. Cuando me lo contó, me palpé el cuerpo, el costillar, las piernas, la cabeza y comprobé que, indudablemente, yo seguía estando ahí. La duda sobre mi propia materialidad surgió del exacto recuerdo que conservo de los 45 días que pasé en la galería subterránea denominada, ya lo he dicho más arriba, CPB – Celdas de Prevención Bajas-.

¿Estuve, quizás, en un lugar inexistente? ¿Existió realmente aquélla mañana del 27 de septiembre del 75? ¿Existió el franquismo o fue tan solo una larga siesta de un pueblo dócil bajo la mano paternal de un general con alguna querencia autoritaria?

No es un tema frecuente en mis conversaciones, pero cuando alguna vez se tercia hablar de todo aquello con personas de menos de treinta años, les resulta difícil creerlo. ¿No sucedería todo eso en algún lugar inexistente? Sin embargo, ocurrió y duró sus buenos cuarenta años. Y no hubo ni paternalismo ni docilidad…

En fin, para terminar, no tengo sino que disculparme por haber estado en una galería de la muerte inexistente y haber sobrevivido para contar ciertas inconveniencias. Seguramente, no capté, en el momento debido, el espíritu de la transición y de su peculiar capacidad para hacer que las cosas no existan.

Texto completo : Manuel Blanco Chivite
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